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La crisis en aumento en Oriente Medio y el bloqueo efectivo del Estrecho de Ormuz, que transporta casi el 20 por ciento del suministro mundial de petróleo, junto con las interrupciones en la infraestructura energética rusa, han provocado una fuerte conmoción en los mercados globales. Los precios del petróleo han subido rápidamente, con el WTI alrededor de 111 dólares por barril y Brent cerca de 109 dólares, mientras que el Brent Dated ha superado los 140 dólares, creando una presión inflacionaria inmediata en todo el mundo.
Los precios más altos del crudo se están transmitiendo rápidamente a los costos de gasolina, diésel, combustible para aviones y calefacción, elevando la inflación general a corto plazo. Los modelos económicos sugieren que un aumento sostenido del 10 por ciento en los precios del petróleo puede añadir alrededor de 0.4 puntos porcentuales a la inflación global y, con el aumento actual ya cerca de ese rango, el impacto podría subir a entre 0.5 y 1.5 puntos porcentuales si las condiciones persisten.
La tensión no se limita solo a la energía. Los costos crecientes de combustible están aumentando los gastos de transporte y logística, que luego se trasladan a los consumidores a través de precios más altos en alimentos y productos cotidianos. Los sectores industriales también están bajo presión, ya que los productos químicos, plásticos y fertilizantes se vuelven más caros de producir. Si las empresas continúan trasladando los costos y los trabajadores exigen salarios más altos para hacer frente a los costos de vida en aumento, esto podría desencadenar efectos de segunda ronda y elevar aún más la inflación subyacente.
Existe una creciente preocupación por los riesgos de estanflación, donde la inflación aumenta mientras el crecimiento económico se desacelera. Los altos precios de la energía reducen el poder de compra de los consumidores y comprimen los márgenes empresariales, lo que conduce a una actividad económica más débil. Las economías importadoras de petróleo, como Europa, Japón y muchas economías emergentes, son particularmente vulnerables, mientras que los exportadores pueden ver ganancias a corto plazo, pero no pueden escapar de la desaceleración general.
A pesar de esfuerzos como las liberaciones de reservas a gran escala, el mercado aún muestra signos de oferta ajustada, con una fuerte backwardation en los futuros que indica escasez inmediata. Si la interrupción continúa, el petróleo podría acercarse a los 120 a 150 dólares por barril, intensificando la inflación y aumentando los riesgos de recesión.
En el corto plazo, los mercados seguirán siendo muy sensibles a los titulares geopolíticos. Cualquier desescalada podría eliminar rápidamente la prima de riesgo y hacer que los precios bajen, mientras que una tensión prolongada profundizará el shock inflacionario. Esta situación se está convirtiendo en una prueba importante para la economía global, ya que la energía vuelve a ser el motor central de la inflación y la volatilidad del mercado.